El vestido
La primera vez que fui a probarme vestidos fue con mis amigas. Había guardado mil ideas en Pinterest, había cotilleado Instagram… pero fui con la mente bastante abierta. Quería probarme de todo. Bueno, casi todo.
Y entonces pasó. Hubo un vestido que fue amor a primera vista. De esos que no sabes explicar por qué, pero no puedes quitártelo de la cabeza. Salí de la tienda pensando: ¿y si ya está?. Spoiler: no estaba.
Después vinieron muchas citas. Muchas. En diferentes sitios. Probándome estilos que jamás pensé que me pondría. Ajustando presupuestos. Redefiniendo el estilo que creía tener claro. Incluso tuve que irme hasta Alicante para encontrarlo. Me probé tantos vestidos que el último día ya no sabía ni qué quería ponerme. Encaje, sin encaje. Manga, sin manga. Volumen, nada de volumen. Un caos elegante.
Dicen que sabes que es tu vestido cuando te ves con él puesto. Y sí… pero también es mucho más que eso. Es imaginarte ese día. Es verte entrando, abrazando a tus amigas, bailando, riendo. Es sentirte tú. Es saber que vas a estar cómoda. Es el sitio donde lo eliges. Es cómo te tratan. Es quién te acompaña.
No lloré. Y también tuve dudas después de elegirlo. ¿Será el ideal? ¿Tendré que modificarlo mucho? ¿Y si me enamoro de otro?
Lo único que tengo claro es que David no tiene ni idea de cómo voy a ir vestida. Y eso, sinceramente, me encanta.