LAS FLORES
Si soy sincera, las flores no fueron una de nuestras primeras preocupaciones cuando empezamos a organizar la boda. Había tantas decisiones por tomar que este tema quedó un poco en segundo plano. Sabíamos que estarían ahí, claro, pero no teníamos ni idea de qué estilo queríamos ni qué flores elegir.
Todo cambió el día que fuimos al salón para ver las opciones de mantelería y decoración. Nos prepararon una especie de exposición con todo lo que tenían disponible: manteles, cubertería, cristalería, elementos de coctelería… diferentes combinaciones para imaginar cómo podría verse el día de la boda.
Nada más cruzar la puerta, nuestros ojos se fueron directamente a una mesa. No sabría explicar exactamente qué tenía, pero hubo algo que nos atrapó al instante. Nos miramos y lo supimos sin decir mucho más: ese era el estilo que queríamos. A partir de ese momento todo empezó a encajar.
La paleta de colores fue bastante fácil, yo tenía claro desde el principio: mi color favorito tenía que estar presente sí o sí en nuestra boda. El de David, en cambio, tuvimos que dejarlo fuera… porque aunque el negro es su color favorito, quizá no es el más apropiado para un día como este.
Más allá de la estética, hay ciertas flores que queremos que aparezcan sí o sí. No solo porque nos gusten, sino porque nos recuerdan muchísimo a personas importantes en nuestras vidas. Y al final, eso es lo que hace que todo tenga aún más sentido.
El viaje
Elegir nuestro destino no fue fácil. Cambiamos mil veces de idea. Cada semana aparecía un lugar nuevo que nos llamaba la atención, pero nada terminaba de encajar del todo. Queríamos algo que nos marcara de verdad. Un viaje que recordáramos siempre.
Y entonces lo tuvimos claro. No sería un viaje de novios al uso. Sería una aventura. Un road trip por la costa oeste de Estados Unidos. Un millón de horas por carreteras infinitas para enamorarnos de los paisajes de los parques nacionales y de la ruta 66.
Hemos pasado horas y horas mirando vídeos, leyendo blogs, viendo reseñas de personas que ya lo habían hecho. Queríamos un poco de todo: naturaleza, cultura, ciudad, mar… y sobre todo, vivirlo juntos.
Lo tenemos todo cerrado. Rutas, alojamientos, planificación. Pero sabemos que la aventura real empezará cuando estemos allí.
Nos preguntamos si entenderemos bien a la gente, si sabremos movernos con soltura en otro país, si todo saldrá como lo hemos imaginado. Y, al mismo tiempo, eso forma parte de la magia.
Porque lo que más nos apetece no es solo el destino. Es improvisar. Es equivocarnos. Es reírnos. Es compartir cada sorpresa.
La prueba del menú
Nos acompañaron Carmen (la madre del novio) y Lourdes y Ubaldo (los padres de la novia). Queríamos compartir este momento con ellos, que también están viviendo la boda con la misma ilusión que nosotros.
Nos habían dado un consejo muy claro: “Venid con el estómago vacío, vais a probar muchísimas cosas”.
Y obedecimos demasiado bien. Prácticamente no habíamos comido nada en todo el día, así que además de nerviosos… ¡estábamos hambrientos!
Si hay una escena que no olvidaremos nunca es esta:
Empezaron a salir los entrantes fríos. Muchos de pescado. Y David… no es precisamente fan del pescado.
Mientras nosotros probábamos, David miraba con paciencia (y un poco de desesperación) esperando que llegaran los entrantes calientes. Tenía los ojos puestos en la puerta de cocina como quien espera un milagro.
Por fin anuncian el primer entrante caliente. Sale el plato. Es de pescado. Arrancamos todos a reír.
Su cara fue un poema. Entre el hambre acumulada de todo el día y su guerra personal con el pescado, vivió unos minutos de auténtico sufrimiento silencioso.
El postre fue otra sorpresa. No me lo esperaba así. Nos gustó mucho, aunque ya estamos pensando en pequeños cambios para hacerlo todavía más nuestro. Ese detalle me lo guardo. Me gusta tener algún secreto que solo conoceremos nosotros… hasta el gran día.
Cuando salimos de allí, ya no tenía hambre. Tampoco nervios. Tenía una sensación cálida, como cuando sabes que algo está encajando. Me sentí feliz. Como si la boda dejara de ser solo una fecha en el calendario y empezara a tomar forma de verdad.
No solo hemos probado comida. Hemos probado un pedacito de lo que será nuestro día.
La elección del sitio
El 30 de noviembre de 2024, cuando fuimos a visitar El Teular nos dimos cuenta nada más cruzar la puerta… sentimos que era nuestro sitio.
No vimos más lugares. No hicimos comparaciones. No hicimos listas de pros y contras.
Es difícil explicar qué tiene exactamente un sitio para que encaje contigo. A veces no es solo la madera, ni la luz, ni los espacios abiertos. Es la sensación. Es cómo te imaginas ahí rodeado de los tuyos. Y El Teular tiene todo lo que somos: rústico, natural, sencillo y con alma de campo.
No lo pensamos. Reservamos en el momento. Porque cuando algo es para ti… simplemente lo sabes.
El vestido
La primera vez que fui a probarme vestidos fue con mis amigas. Había guardado mil ideas en Pinterest, había cotilleado Instagram… pero fui con la mente bastante abierta. Quería probarme de todo. Bueno, casi todo.
Y entonces pasó. Hubo un vestido que fue amor a primera vista. De esos que no sabes explicar por qué, pero no puedes quitártelo de la cabeza. Salí de la tienda pensando: ¿y si ya está?. Spoiler: no estaba.
Después vinieron muchas citas. Muchas. En diferentes sitios. Probándome estilos que jamás pensé que me pondría. Ajustando presupuestos. Redefiniendo el estilo que creía tener claro. Incluso tuve que irme hasta Alicante para encontrarlo. Me probé tantos vestidos que el último día ya no sabía ni qué quería ponerme. Encaje, sin encaje. Manga, sin manga. Volumen, nada de volumen. Un caos elegante.
Dicen que sabes que es tu vestido cuando te ves con él puesto. Y sí… pero también es mucho más que eso. Es imaginarte ese día. Es verte entrando, abrazando a tus amigas, bailando, riendo. Es sentirte tú. Es saber que vas a estar cómoda. Es el sitio donde lo eliges. Es cómo te tratan. Es quién te acompaña.
No lloré. Y también tuve dudas después de elegirlo. ¿Será el ideal? ¿Tendré que modificarlo mucho? ¿Y si me enamoro de otro?
Lo único que tengo claro es que David no tiene ni idea de cómo voy a ir vestida. Y eso, sinceramente, me encanta.
La pedida
Hay viajes que sabes que no son un regalo cualquiera.
David me regaló una escapada a Londres por mi cumpleaños. Un viaje exprés. Sábado por la mañana ida, domingo por la mañana vuelta. Intensivo. Un ocho de junio del 2024.
La ciudad estaba completamente desbordada. Justo ese fin de semana había una manifestación gigantesca por Palestina y no cabía un alma más. Calles llenas, metro imposible, ruido constante… Londres en su versión más caótica.
David estaba más callado. Más pendiente del reloj. Más tenso. Demasiado correcto. Y yo… bueno, yo tampoco estaba normal. Antes incluso de subir al avión ya estaba buscando en internet en qué mano se pone el anillo de compromiso. Nivel de sospecha: altísimo.
La confirmación llegó en el autobús, cuando íbamos desde la noria de Londres hasta el Tower Bridge.
Ahí fue cuando lo pillé. La caja estaba escondida en el bolsillo de su sudadera. Ese momento en el que sabes algo pero decides hacer como que no lo sabes. Ese pacto silencioso contigo misma de “voy a dejar que ocurra”.
Llegamos al puente. Lleno de gente. Turistas por todas partes. Ruido. Fotos. Nadie parecía estar viviendo el momento más importante de su vida… excepto nosotros.
No hubo rodilla al suelo con público alrededor aplaudiendo. No hubo discurso ensayado. No hubo escándalo.
Hubo nervios. Hubo miradas. Hubo un “¿te quieres casar conmigo?” dicho bajito, casi para que solo yo lo escuchara. Y hubo un sí.
Fue sencillo. Fue perfecto en medio del caos.